12 de marzo de 2014

¡MI CUERPO ES MÍO!

Ese es el eslogan con el cual las abortistas defienden el derecho al aborto.
De hecho, el otro día un grupo de exaltadas se fue al registro mercantil a intentar registrar su cuerpo como de su propiedad.
Debe ser, pues, el colmo del progreso, poder disponer del cuerpo propio a tu antojo.
Por eso me llama tanto la atención que, sin embargo, toda la sociedad, progresía incluida, se oponga al ejercicio de propiedad por antonomasia: vender lo que es tuyo.
Si el cuerpo es propiedad de quien habita en él ¿por qué no se considera aceptable trocearlo y venderlo al mejor postor? ¿no deberían las leyes permitirlo? ¿dónde está el clamor popular contra esa flagrante violación del derecho a disponer del propio cuerpo?
Es más: la venta (voluntaria) de órganos ¿no incrementaría el número de donantes? ¿no eliminaría de las listas de espera de trasplantes a todos aquellos que pueden comprarlo, dejando que los que no pueden se beneficien en exclusiva de los donantes altruistas?


Esa aparente contradicción se resuelve teniendo en cuenta dos cosas:
Una: en realidad los abortistas no desean deshacerse de parte de su cuerpo, sino del cuerpo (entero) de su hijo.
Dos: y, por si fuera poco, en el caso de la venta de órganos, interviene el gran coco de la progresía ¡el dinero! VADE RETRO!

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